La sexta entrada dedicada a la mujer trabajadora en Santurtzi tiene como protagonista a las lecheras. Por razones de espacio voy a publicar dos entradas consecutivas, esta primera con información de carácter general y la segunda dedicada a listar a las lecheras que ejercieron en Santurtzi con sus respectivas fotografías.

Lechera o lechero es la persona que, genéricamente, tiene como oficio vender leche de forma ambulante o en un establecimiento específico, la lechería. También se aplica a​l trabajador que ordeña el ganado y al que reparte la leche. ​Es una profesión prácticamente extinta en la actualidad. Sin embargo, a lo largo de la historia, los trabajos relacionados con el ordeño, la distribución y venta de la leche (no solo de vaca, pero sí predominantemente) han sido actividades muy importantes del mundo rural en las sociedades preindustriales.

De hecho, una parte importante de los ingresos de los caseríos provenía precisamente de la venta de distintos excedentes agropecuarios (frutas, hortalizas, verduras, huevos y leche) en los mercados urbanos. La vigilancia del ganado, su pastoreo y cuidado, las labores de mantenimiento de las cuadras y establos, asi como el ordeño, el reparto y la venta del producto (leche y, en ocasiones, quesos o yogur) se realizaban indistintamente por mujeres y hombres, aunque la mujer tenía una mayor participación y protagonismo, sobre todo en las últimas tareas citadas.

Y era de su competencia exclusiva seleccionar, transportar y vender estos productos destinados a los mercados. Sobre el mercado semanal de productos agrícolas os recomiendo visitar el blog El Mareómetro, del que proceden las dos últimas imágenes del siguiente grupo.

 

De ahí que el oficio tenga un marcado carácter femenino. Además pasaba de madres a hijas, de suegras a nueras. Y así lo muestran las numerosas postales costumbristas de finales del siglo XIX y principios del XX que se conservan. Retratan a aldeanas que, tras ordeñar sus vacas, cargaban las cacharras de leche sobre sus cabezas o en las cestañas de un burro y se encaminaban a zonas más urbanas para vender la leche.

Durante siglos y hasta hace relativamente poco tiempo, fue habitual ver a las aldeanas con sus burros o cargando directamente los cestos y las cántaras sobre sus cabezas mientras caminaban hacia los núcleos de población más próximos a sus caseríos. A finales del siglo XIX, con el desarrollo de los transportes, comenzaron a usar también el ferrocarril o el tranvía. A diferencia de las frutas, hortalizas y verduras, cuya venta podía concentrarse en unos días determinados, los días de mercado, la venta de la leche tenía que realizarse diariamente al ser un producto perecedero.

Con respecto al burro, un elemento omnipresente en las postales costumbristas, la mecanización de las actividades agrícolas ha puesto en riesgo su supervivencia como especie. En muchas partes de África, Sudamérica y Asia es aún una pieza fundamental de la economía tradicional. En Europa, en cambio, está en claro retroceso. Y, aunque en algunos lugares se consume su carne (Francia) o su leche (Italia), no son rentables porque son animales de crianza lenta: la gestación dura de 12 a 14 meses. En España, donde había más de un millón al acabar la Guerra Civil, apenas hay censados hoy 30.000. En nuestro entorno se empleaba, evidentemente el asno de las Encartaciones.

Hasta los años setenta del pasado siglo, el burro era un animal común, y yo diría que hasta popular, en Santurtzi. Sirvan de ejemplo estas típicas estampas familiares en el barrio de Mamariga y en Las Viñas.

La prensa de la época refleja las duras condiciones del trabajo de la lechera que, además, podía resultar peligroso ya que estas mujeres estaban expuestas a los ataques y robos en los caminos. Desgraciadamente, tenemos un ejemplo en Santurtzi, precisamente el de la primera mención a una lechera, anónima por falta de registros de defunciones, nacida hacia 1840 y fallecida, asesinada, en 1855.

Otro aspecto a tener en cuenta en la tradicional venta ambulante de leche es la picaresca que dio lugar a la expresión bautizar la leche. Algunas lecheras, con el fin de aumentar sus ingresos añadían agua a la leche. Los municipios que disponían de veterinario en plantilla realizaban inspecciones. Analizaban la leche y si descubrían que estaba adulterada con agua imponían las correspondientes multas. Sobre este tema recomiendo leer la entrada La buena y la mala leche de Portugalete, publicada en El Mareómetro. Supongo que en Santurtzi se procedería de la misma manera, pero no he podido consultar ningún expediente relativo a este tema. Lo que sí que me han comentado es que para evitar las multas no todas las cacharras contenían leche rebajada con agua. Se solía reservar una completamente inmaculada por si el alguacil se presentaba por sorpresa.

En la tradición literaria también ha quedado fijado el carácter femenino de la profesión. Es de sobra conocido el cuento de la lechera. Y los más destacados pintores de todos los tiempos han retratado a personajes femeninos desempeñando este oficio, como Johannes Vermeer (La lechera), Francisco de Goya (La lechera de Burdeos) o el más cercano Aurelio Arteta.

Afortunadamente, en las últimas décadas el papel desempeñado por las lecheras ha sido reivindicado públicamente. Y se han erigido numerosas esculturas urbanas para hacerlo visible. Sin que sea un listado exhaustivo podemos citar los ejemplos de Breña Alta (La Palma), Burgos, El Rosario (Tenerife), Mieres (Asturias), Mos (Pontevedra), Orense, Oviedo, Santa Cruz de Tenerife, Santiago de Compostela y, en nuestro entorno, Bermeo, Erandio y Galdakao. Hay incluso un monumento dedicado a la vaca lechera en Torrelavega, en el que se representa a una mujer ordeñando una vaca.

La lechera de Bermeo, Esnedune, es una obra en bronce del artista local Enrique Zubia Elorduy (Bermeo, 1947) y se instaló en 2010 junto a la iglesia de San Francisco.

La lechera de Erandio es una obra en bronce instalada en 2008 en el barrio de Astrabudua. Desconozco el nombre del autor.

 

La lechera de Galdakao,  Esnezalea,  fue modelada en bronce en un taller de Eibar. Se instaló hacia 1998-2000 en la céntrica plaza Lehendakari Agirre. Desconozco el nombre del autor.

Este oficio, como otras muchas tareas o trabajos cotidianos de antaño, habría dado origen a una competición deportiva, a un deporte tradicional que en la actualidad forma parte de las actividades desarrolladas en las fiestas de muchos municipios vascos: las carreras de txingas (con pesas o con calderas). Apenas hay información sobre su génesis, pero su similitud con las carreres de lecheres asturianas, carreras de marmitas cántabras y otras similares puede ser una buena hipótesis de trabajo. Sería una emulación del transporte de las calderas de leche desde el caserío a través de estrechos caminos por donde era imposible el paso de carros o burros.

Para finalizar la entrada, los enlaces a las entradas precedentes dedicadas a la mujer trabajadora en Santurtzi para conmemorar el Día Internacional de la Mujer:

Otros artículos del blog también reivindican el papel de la mujer en todos los campos: